Varias personas me han hecho llegar comentarios muy elogiosos sobre el diseño de la cabecera de este sitio. Tales elogios destacan especialmente esos “cardos” que aparecen en la parte superior derecha. Aprovecho entonces para agradecer a mi amigo, el dibujante, ilustrador y diseñador gráfico Leonardo Flores, auténtico responsable de que esas imágenes queden asociadas a mi taller. Leo ya las había usado en el diseño de unos trípticos del taller la atención, realizados años atrás. Ahora, en el momento de desarrollar esta página y este blog, Leo ha tenido la amabilidad de autorizarme a utilizarlos nuevamente. Con ellos, la diseñadora Marlene Aguilar ha hecho un trabajo estupendo, por el que le estoy también muy agradecido.
El turismo internacional nos aleja del hogar para romper la rutina y obtener “experiencias diferentes”. Avión, hotel, excursiones guiadas… Visitas a territorios lejanos, contacto con otras culturas, compra de “souvenirs”…
No siempre estamos tan dispuestos, en cambio, a emprender ese “turismo interior” que consiste en sentarnos 15 o 20 minutos cada día, en silencio, con el único objetivo de observar nuestro propio paisaje interno y explorar sin guías ni prisas nuestro continente íntimo.
Y eso pese a tratarse de un viaje -¡sin costo alguno!- hacia un territorio infinito y que, sin duda, habrá de depararnos novedades y sorpresas de todo tipo.
La observación silenciosa, la práctica de la atención que llamamos “meditación”, es un viaje sin punto de llegada que -por muy paradójico que parezca-, nos permite ir cada día de regreso a casa. Es -estemos donde estemos- una vuelta al hogar, al centro de nosotros mismos, a la fuente capaz de nutrirnos de infinita energía.
¿Por qué no prestar atención, entonces, a la azafata imaginaria que nos dice: “Señores pasajeros, desabrochen sus cinturones de seguridad… vamos a aterrizar”?
La atención no es algo relativo a la mente (el pensar), ni a la emoción (el sentir), ni mucho menos al expresar verbalmente (el decir). La atención nace del silencio del corazón.
Los libros y artículos periodísticos de auto ayuda –¡tan de moda!- hablan mucho de “atención” y “conciencia”, hasta familiarizarnos con expresiones del tipo “permanecer en el aquí y el ahora”, “estar presentes”, etc.
¿Pero… de qué hablan exactamente?
Esas frases -no siempre bien explicadas- desprenden cierto aroma esotérico y podrían llevarnos a pensar que “atención” o “conciencia” son asuntos teóricos, abstractos, “espirituales”… sólo accesible a los “iniciados”, meditadores o iluminados. Asuntos, en suma, que poco o nada tiene que ver con nuestra experiencia cotidiana de simples mortales.
Y, sin embargo, nada más lejos de la realidad. Porque, -aunque con escasa eficacia para comunicar lo que desean- se refieren a lo que, en nuestra condición de seres humanos, tenemos precisamente de más concreto, material, orgánico, corporal, físico.
Hablan, simplemente, de nuestros órganos de los sentidos: gusto, vista, tacto, olfato, oído… Hablan de la atención que necesitamos prestar a lo que nuestros órganos de los sentidos recogen momento a momento, si no queremos vivir como máquinas.
¿Cuándo y dónde sentimos?
Sólo aquí, y ahora.