la palabra brújula
¿Qué olvido,
qué ausencia visitaba en ese momento el poeta
cuando
-al fin, y para nadie-
la palabra del sueño
desveló su secreto?
¿Qué olvido,
qué ausencia visitaba en ese momento el poeta
cuando
-al fin, y para nadie-
la palabra del sueño
desveló su secreto?
“¿Por qué me ocurren estas cosas? ¿Por qué sufro así?”
Cuando me demandan ayuda en la búsqueda de una vida mejor –es decir: una vida en armonía consigo mismos y con los demás-, lo primero que sugiero es abandonar de inmediato la pregunta “¿por qué?”.
Esa pregunta nos envía hacia el pasado, alejándonos de la realidad presente, del único tiempo –ahora- en el que somos y experimentamos.
La pregunta “¿por qué?” expresa el deseo de “encontrar la razón”, la “causa” que, supuestamente, ha provocado ciertos “efectos” dolorosos. Pero en realidad –sin decirlo claramente- está a la búsqueda de “un culpable”. Un culpable que bien podría ser el jefe, el compañero de trabajo, nuestros padres, nuestra pareja o, incluso… nosotros mismos. Da igual. De un modo más o menos sutil, nos impide entrar en el terreno de la adultez, de la responsabilidad.
Propongo un ejercicio: cada vez que nos aparece la pregunta “¿por qué?”… sustituyámosla por la pregunta “¿para qué?”.
Un modo sencillo de dejar atrás el infantil territorio de los culpables y los inocentes, de los buenos y los malos, para entrar con pie firme en el país de la responsabilidad.

"montevideo wanderers" de Virginia Patrone
Amo a la noche de Montevideo, porque huele a humedad, a alcohol y a marinero. Pero la quiero, sobre todo, porque es más fiel y generosa que mis muchos amantes.
La noche de Montevideo me trae siempre grandes ramos de portales oscuros y esquinas desiertas.
Jamás -cuando acude a una cita en la pasión empedrada del puerto-, la noche de Montevideo olvida regalarme un bouquet de miradas fugaces.
La noche de Montevideo, en invierno, es ciega. Tomo su mano, y la llevo a pasear, desnuda, por los neones y el asfalto.
En verano, la noche de Montevideo clava su ojo de plata en los lomos del río, y el pincel de sus sombras lame en silencio mi carne, acaricia mis senos y me hace mujer.
Un silbido y unos tacones desteñidos arrullan -en la noche de Montevideo-, mi deseo mendigo. Ese vacío, acurrucado en los rincones de mi cuerpo, sueña idilios infinitos. La niebla estruja mi ansiedad cuando espero en el puerto. La sed de mi piel y de mis huesos lee los soñadores nombres que pronuncia el balanceo oxidado de los barcos.
¿Por qué no logro establecer relaciones sanas?
¿Por qué siempre me equivoco con las personas?
¿Por qué no consigo un trabajo acorde a mis capacidades?
¿Por qué caigo en situaciones de dependencia?
¿Por qué estoy condenado a quedarme solo…?
¿Por qué…?
Estas preguntas –¡pronunciadas tantas veces en los talleres de auto conocimiento!- me recuerdan una conversación con mi amigo Oscar, que es físico y matemático.
“En el terreno de la investigación científica –me explicaba Oscar- lo más difícil y fértil no es encontrar solución a los problemas, sino saber plantearlos. Lo difícil, lo útil… es aprender a hacer las buenas preguntas.”
Mi amigo, insisto, hablaba de ciencia. Pero estoy convencido de que sus palabras son perfectamente aplicables a nosotros mismos.
Ese repetido ¿por qué? -con el que manifestamos nuestro sufrimiento, pero también nuestra ambición de “comprender”, de entender las causas, de conocer los orígenes de algo para supuestamente encontrar luego una solución- es tal vez el mejor ejemplo de pregunta ineficaz, poco útil, improductiva.
¿Por qué? Otro día lo explico.
1. Una forma de felicidad
Esta mañana -justo cuando me disponía a empezar el trabajo- llegó a mi casa un sueño y me cubrió los ojos con sus sedas pintadas. Después abrió esa maleta de viajero curioso que, desde hace años, arrastra arriba y abajo por los rostros del mundo. Una a una, el recién venido distribuyó su pacotilla sobre la mesa, junto a mi cabeza dormida. Mi cabeza, que pasó a ser uno más entre los miles de chirimbolos que ese sueño ha recogido a lo largo del tiempo… creo que para nada. ¡Qué felicidad, pensé, si el sueño, al partir, se llevara mi cabeza muy lejos…! ¡Qué felicidad si además, después, olvidara el camino de regreso a mi casa! ¡Ahhh… despertar sin cabeza! ¡Sin sueños! ¡Y sin palabras para contar lo que vieron mis ojos cerrados… no os diré nunca dónde!