¿Por qué no logro establecer relaciones sanas?
¿Por qué siempre me equivoco con las personas?
¿Por qué no consigo un trabajo acorde a mis capacidades?
¿Por qué caigo en situaciones de dependencia?
¿Por qué estoy condenado a quedarme solo…?
¿Por qué…?
Estas preguntas –¡pronunciadas tantas veces en los talleres de auto conocimiento!- me recuerdan una conversación con mi amigo Oscar, que es físico y matemático.
“En el terreno de la investigación científica –me explicaba Oscar- lo más difícil y fértil no es encontrar solución a los problemas, sino saber plantearlos. Lo difícil, lo útil… es aprender a hacer las buenas preguntas.”
Mi amigo, insisto, hablaba de ciencia. Pero estoy convencido de que sus palabras son perfectamente aplicables a nosotros mismos.
Ese repetido ¿por qué? -con el que manifestamos nuestro sufrimiento, pero también nuestra ambición de “comprender”, de entender las causas, de conocer los orígenes de algo para supuestamente encontrar luego una solución- es tal vez el mejor ejemplo de pregunta ineficaz, poco útil, improductiva.
¿Por qué? Otro día lo explico.
Después de leer el libro “Gran Mente – Gran Corazón”, del maestro zen Dennis Genpo Merzel (editorial La Liebre de Marzo, título original: “Big Mind – Big Heart”) tuve la suerte de poder participar de un taller sobre ese proceso, realizado por Alejandro Villar, única persona autorizada por Genpo Roshi en España. Transcribo aquí la traducción de un texto de Bruce Lambson, del Centro de Zen Occidental Big Mind, de Salt Lake City.
En las historias y en la literatura (y en las prácticas) del Zen se pone mucho énfasis en instrucciones severas y atemorizantes hacia la iluminación. Corta con todos los Apegos, Abandona el Yo, Destruye tus deseos, Mata al Ego, etc., etc…. ¡Suena doloroso!
Es fácil ver que el ego se va a resistir a esto. ¡Para el ego significa realmente la muerte!
En el Zen llamamos a esta muerte del ego Dai Kensho, Gran Liberación, Gran Despertar, el completo desapego, que, una vez conseguido, revela nuestro ser verdadero y nos damos cuenta de la no dualidad de sujeto y objeto. Ordinariamente esto ocurre después de mucha practica y probablemente varios despertares más pequeños en el camino. Leer el resto de la entrada »
El turismo internacional nos aleja del hogar para romper la rutina y obtener “experiencias diferentes”. Avión, hotel, excursiones guiadas… Visitas a territorios lejanos, contacto con otras culturas, compra de “souvenirs”…
No siempre estamos tan dispuestos, en cambio, a emprender ese “turismo interior” que consiste en sentarnos 15 o 20 minutos cada día, en silencio, con el único objetivo de observar nuestro propio paisaje interno y explorar sin guías ni prisas nuestro continente íntimo.
Y eso pese a tratarse de un viaje -¡sin costo alguno!- hacia un territorio infinito y que, sin duda, habrá de depararnos novedades y sorpresas de todo tipo.
La observación silenciosa, la práctica de la atención que llamamos “meditación”, es un viaje sin punto de llegada que -por muy paradójico que parezca-, nos permite ir cada día de regreso a casa. Es -estemos donde estemos- una vuelta al hogar, al centro de nosotros mismos, a la fuente capaz de nutrirnos de infinita energía.
¿Por qué no prestar atención, entonces, a la azafata imaginaria que nos dice: “Señores pasajeros, desabrochen sus cinturones de seguridad… vamos a aterrizar”?
La atención no es algo relativo a la mente (el pensar), ni a la emoción (el sentir), ni mucho menos al expresar verbalmente (el decir). La atención nace del silencio del corazón.
Los libros y artículos periodísticos de auto ayuda –¡tan de moda!- hablan mucho de “atención” y “conciencia”, hasta familiarizarnos con expresiones del tipo “permanecer en el aquí y el ahora”, “estar presentes”, etc.
¿Pero… de qué hablan exactamente?
Esas frases -no siempre bien explicadas- desprenden cierto aroma esotérico y podrían llevarnos a pensar que “atención” o “conciencia” son asuntos teóricos, abstractos, “espirituales”… sólo accesible a los “iniciados”, meditadores o iluminados. Asuntos, en suma, que poco o nada tiene que ver con nuestra experiencia cotidiana de simples mortales.
Y, sin embargo, nada más lejos de la realidad. Porque, -aunque con escasa eficacia para comunicar lo que desean- se refieren a lo que, en nuestra condición de seres humanos, tenemos precisamente de más concreto, material, orgánico, corporal, físico.
Hablan, simplemente, de nuestros órganos de los sentidos: gusto, vista, tacto, olfato, oído… Hablan de la atención que necesitamos prestar a lo que nuestros órganos de los sentidos recogen momento a momento, si no queremos vivir como máquinas.
¿Cuándo y dónde sentimos?
Sólo aquí, y ahora.