dos cazadores (un cuentito sobre la atención)

 

DOS CAZADORES

un cuentito sobre la atención

Khalu y Togue avanzan atentos, alertas, en silencio, confundiéndose con los mil brillos y penumbras de la selva espesa. Yendo tras las huellas de un jabalí herido, los jóvenes cazadores de la tribu Mepa se han adentrado en territorio de los Whal, sus más temidos y odiados enemigos.
Ambos muchachos saben que -cuando se trata de vigilar sus dominios- los guerreros Whal son capaces de permanecer muchas horas al acecho, ocultos, inmóviles en la rama de un árbol, con las flechas prestas en los arcos tensos. No en vano la habilidad y paciencia Whal son legendarias.

Los ancianos Mepa cuentan que sus vecinos untan las puntas de flecha con un veneno que mata en pocos segundos. Pero eso, dicen, no es lo más grave, ya que si el herido logra arrancarse de inmediato la flecha, tiene dos horas de plazo para aplicarse un antídoto y seguir vivo.

Lo peor, afirman esos mismos viejos -lo que convierte a los Whal en guerreros verdaderamente temibles y difíciles de enfrentar-, es que guardan en celoso secreto el arte de untar sus flechas con silencio.

Es por todo ello que ahora, respecto al jabalí herido que persiguen, Khalu y Togue se sienten cazadores hábiles, fuertes, valientes.

Y respecto a los Whal, en cambio, se saben presas muy frágiles.

En esa doble verdad de su sentir reside, precisamente, toda la dificultad de la aventura en que se encuentran.

Para afrontarla, los jóvenes Mepa echan mano de todo lo que sus mayores les han podido transmitir desde la infancia, pacientemente, en innumerables y agotadoras cacerías.

Conscientes del peligro al que se exponen, más que caminar Khalu y Togue se deslizan por la espesura, fluyen, integran sus movimientos al movimiento de la selva. Tal vez porque no ven a sus enemigos, tienen la sensación de volverse invisibles.

Van atentos a los mil aromas y colores de la vegetación, a la textura del suelo húmedo, de cada tronco y cada brizna de hierba, a los incontables sonidos que componen esa extraordinaria sinfonía con que la naturaleza se expresa a través de la brisa, los pájaros, el agua de un arroyo cercano.

Así avanzan, hasta que las flechas envenenadas de los Whal confirman el relato de los Mepa más viejos: en su vertiginoso vuelo… son mudas.

Khalu y Togue caen en el mismo momento.

Khalu piensa: “¿Qué he hecho mal? ¿Por qué me han herido? ¿Dónde se oculta el guerrero Whal que me ha lanzado esa flecha? ¿Cómo se llama? ¿Cuánto tiempo llevaba allí, en la espesura? ¿Cómo habrá preparado ese famoso ungüento de silencio? ¿Quién habrá inventado esa sustancia extraordinaria?”

A Khalu, ahora, se le acabaron las preguntas. Khalu ahora está muerto.

Togue, por su parte, se arranca de inmediato la flecha y se lanza a correr hacia su aldea, hacia el antídoto. Como un jabalí herido.

Jorge Zentner

Tags:  

Deja un comentario