el arte de preguntar
¿Por qué no logro establecer relaciones sanas?
¿Por qué siempre me equivoco con las personas?
¿Por qué no consigo un trabajo acorde a mis capacidades?
¿Por qué caigo en situaciones de dependencia?
¿Por qué estoy condenado a quedarme solo…?
¿Por qué…?
Estas preguntas –¡pronunciadas tantas veces en los talleres de auto conocimiento!- me recuerdan una conversación con mi amigo Oscar, que es físico y matemático.
“En el terreno de la investigación científica –me explicaba Oscar- lo más difícil y fértil no es encontrar solución a los problemas, sino saber plantearlos. Lo difícil, lo útil… es aprender a hacer las buenas preguntas.”
Mi amigo, insisto, hablaba de ciencia. Pero estoy convencido de que sus palabras son perfectamente aplicables a nosotros mismos.
Ese repetido ¿por qué? -con el que manifestamos nuestro sufrimiento, pero también nuestra ambición de “comprender”, de entender las causas, de conocer los orígenes de algo para supuestamente encontrar luego una solución- es tal vez el mejor ejemplo de pregunta ineficaz, poco útil, improductiva.
¿Por qué? Otro día lo explico.