más sobre el preguntar

 

“¿Por qué me ocurren estas cosas? ¿Por qué sufro así?”
Cuando me demandan ayuda en la búsqueda de una vida mejor –es decir: una vida en armonía consigo mismos y con los demás-, lo primero que sugiero es abandonar de inmediato la pregunta “¿por qué?”.
Esa pregunta nos envía hacia el pasado, alejándonos de la realidad presente, del único tiempo –ahora- en el que somos y experimentamos.
La pregunta “¿por qué?” expresa el deseo de “encontrar la razón”, la “causa” que, supuestamente, ha provocado ciertos “efectos” dolorosos. Pero en realidad –sin decirlo claramente- está a la búsqueda de “un culpable”. Un culpable que bien podría ser el jefe, el compañero de trabajo, nuestros padres, nuestra pareja o, incluso… nosotros mismos. Da igual. De un modo más o menos sutil, nos impide entrar en el terreno de la adultez, de la responsabilidad.
Propongo un ejercicio: cada vez que nos aparece la pregunta “¿por qué?”…  sustituyámosla por la pregunta “¿para qué?”.
Un modo sencillo de dejar atrás el infantil territorio de los culpables y los inocentes, de los buenos y los malos, para entrar con pie firme en el país de la responsabilidad.

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