novelas infinitamente breves
2. Cadena perpétua
El guardia huele a perro. El condenado huele a piedra y a cadena. La maza sube y baja. Golpea la roca. Sube y baja. Vuelve a golpear. Con cada golpe del acero, mil fragmentos parten en desbandada y huyen gracias al brutal temple que les impone libertad. Al fin, de la forma que apresaba a la roca… no queda nada. Sólo un vacío, una paz, un silencio.
A la celda entra la noche, no se sabe por dónde. Los golpes liberadores de mañana germinan sin prisa en el músculo laxo. Con calambres, ceba el preso un anzuelo. En la piedra de su camastro pesca -intenta pescar- algodones de sueño.