1. Una forma de felicidad
Esta mañana -justo cuando me disponía a empezar el trabajo- llegó a mi casa un sueño y me cubrió los ojos con sus sedas pintadas. Después abrió esa maleta de viajero curioso que, desde hace años, arrastra arriba y abajo por los rostros del mundo. Una a una, el recién venido distribuyó su pacotilla sobre la mesa, junto a mi cabeza dormida. Mi cabeza, que pasó a ser uno más entre los miles de chirimbolos que ese sueño ha recogido a lo largo del tiempo… creo que para nada. ¡Qué felicidad, pensé, si el sueño, al partir, se llevara mi cabeza muy lejos…! ¡Qué felicidad si además, después, olvidara el camino de regreso a mi casa! ¡Ahhh… despertar sin cabeza! ¡Sin sueños! ¡Y sin palabras para contar lo que vieron mis ojos cerrados… no os diré nunca dónde!

Las heredé de El Uruguayo.
El Uruguayo y yo coincidíamos los viernes en el cabaret Tucán. También comíamos juntos algún domingo, a la salida del hipódromo, en el restaurante La Tablita.
Al tipo lo llamábamos El Uruguayo, aunque en realidad había nacido en Gálvez, provincia de Santa Fe, aquí en la República Argentina. Pero se declaraba uruguayo.
¿Pensaría que ser uruguayo le daba más caché?
¿Deudas con la justicia argentina?
¿Por qué mentiría?
Un misterio.
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Una noche, hace de eso mucho tiempo, estábamos en la mesa de un bar y cometí el error de preguntarle:
-¿Por qué estás conmigo? ¿Por qué estoy contigo? ¿Por qué estamos juntos?
-Porque compartimos el vicio de fumar noches, negras, sin filtro -dijo.
Ella suele cultivar la lentitud y el silencio.
Esa vez, sin embargo, la flor de su respuesta había brotado de inmediato. Como si tuviera bien abonado, y regado, el terreno de la reflexión sobre el asunto.
Aprendí de mi error.
Desde aquel día ya no hago preguntas.
Quiero decir que -desde aquel día-, ya no le pregunto en voz alta.
En los bares, ella siempre pide whisky sin hielo.
Usa, para pedir alcohol, el mismo gesto que usa para llamarme a su lado, cuando cree que me alejo.
Ella sabe que siempre acabo por acercarme en silencio.
Como los garçons de esos boliches que siempre, sin preguntar, le sirven la misma marca de importado.
Lo que ella no sabe es que yo acudo en silencio porque no pierdo la esperanza de abrir, un día, la jaula de su pecho.
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