El turismo internacional nos aleja del hogar para romper la rutina y obtener “experiencias diferentes”. Avión, hotel, excursiones guiadas… Visitas a territorios lejanos, contacto con otras culturas, compra de “souvenirs”…
No siempre estamos tan dispuestos, en cambio, a emprender ese “turismo interior” que consiste en sentarnos 15 o 20 minutos cada día, en silencio, con el único objetivo de observar nuestro propio paisaje interno y explorar sin guías ni prisas nuestro continente íntimo.
Y eso pese a tratarse de un viaje -¡sin costo alguno!- hacia un territorio infinito y que, sin duda, habrá de depararnos novedades y sorpresas de todo tipo.
La observación silenciosa, la práctica de la atención que llamamos “meditación”, es un viaje sin punto de llegada que -por muy paradójico que parezca-, nos permite ir cada día de regreso a casa. Es -estemos donde estemos- una vuelta al hogar, al centro de nosotros mismos, a la fuente capaz de nutrirnos de infinita energía.
¿Por qué no prestar atención, entonces, a la azafata imaginaria que nos dice: “Señores pasajeros, desabrochen sus cinturones de seguridad… vamos a aterrizar”?
La atención no es algo relativo a la mente (el pensar), ni a la emoción (el sentir), ni mucho menos al expresar verbalmente (el decir). La atención nace del silencio del corazón.
Los libros y artículos periodísticos de auto ayuda –¡tan de moda!- hablan mucho de “atención” y “conciencia”, hasta familiarizarnos con expresiones del tipo “permanecer en el aquí y el ahora”, “estar presentes”, etc.
¿Pero… de qué hablan exactamente?
Esas frases -no siempre bien explicadas- desprenden cierto aroma esotérico y podrían llevarnos a pensar que “atención” o “conciencia” son asuntos teóricos, abstractos, “espirituales”… sólo accesible a los “iniciados”, meditadores o iluminados. Asuntos, en suma, que poco o nada tiene que ver con nuestra experiencia cotidiana de simples mortales.
Y, sin embargo, nada más lejos de la realidad. Porque, -aunque con escasa eficacia para comunicar lo que desean- se refieren a lo que, en nuestra condición de seres humanos, tenemos precisamente de más concreto, material, orgánico, corporal, físico.
Hablan, simplemente, de nuestros órganos de los sentidos: gusto, vista, tacto, olfato, oído… Hablan de la atención que necesitamos prestar a lo que nuestros órganos de los sentidos recogen momento a momento, si no queremos vivir como máquinas.
¿Cuándo y dónde sentimos?
Sólo aquí, y ahora.
Cuando me preguntan: “¿Qué se hace en un taller de auto conocimiento?” suelo responder: “Lo mismo que hacemos en la vida cotidiana, sólo que a consciencia”.
Hablar, cocinar, bailar, caminar, recordar, imaginar, respirar o simplemente permanecer sentado en silencio puede servir para la práctica del auto conocimiento.
Se trata, básicamente, de hacer algo… observando cómo, con qué actitud lo hago.
¿Cómo hablo con tal o cual persona? ¿Cómo miro? ¿Cómo camino por la calle? ¿Cómo me relaciono con los diferentes miembros de mi familia o los compañeros de trabajo? ¿Cómo me despierto por la mañana?
Y también, claro está: ¿cómo observo? ¿Observo comparando? ¿Criticando? ¿Juzgando? ¿Juzgándome? ¿Observo con culpa? ¿Con envidia? ¿Con amor y ecuanimidad…?
Auto conocimiento es, entre otras muchas cosas, tomar conciencia de la actitud que adoptamos en nuestras relaciones (empezando por la relación con nosotros mismos). Es el camino más rápido para descubrir que la mayor parte de nuestro sufrimiento cotidiano se deriva, precisamente, de la actitud con que abordamos cada instante. Y es, sobre todo, la mejor manera de abonar el terreno que nos permita cultivar una actitud más sana.
Es una paradoja: no se puede hablar de la atención sin referirse al silencio. Porque la atención es un estado de conciencia esencialmente silencioso. Y no es que debamos taparnos la boca o mordernos la lengua. Me refiero al silencio que está en la esencia de todo lo que existe: el silencio desde donde llega, en el cual flota –y por el cual es atravesado- nuestro ser. Lo contrario a ese silencio -lo que nos obstaculiza el acceso a nuestra esencia silenciosa- no es “el ruido mental”: es nuestra identificación con “el ruido mental”.