Entradas con el Tag ‘tangos’

tangos/3 “montevideo wanderers” (otro cuadro de Virginia Patrone)

"montevideo wanderers" de Virginia Patrone

"montevideo wanderers" de Virginia Patrone

Amo a la noche de Montevideo, porque huele a humedad, a alcohol y a marinero. Pero la quiero, sobre todo, porque es más fiel y generosa que mis muchos amantes.
La noche de Montevideo me trae siempre grandes ramos de portales oscuros y esquinas desiertas. 
Jamás -cuando acude a una cita en la pasión empedrada del puerto-, la noche de Montevideo olvida  regalarme un bouquet de miradas fugaces.
La noche de Montevideo, en invierno, es ciega. Tomo su mano, y la llevo a  pasear, desnuda, por los neones y el asfalto.
En verano, la noche de Montevideo clava su ojo de plata en los lomos del río, y el pincel de sus sombras lame en silencio mi carne, acaricia mis senos y me hace mujer.
Un silbido y unos tacones desteñidos arrullan -en la noche de Montevideo-, mi deseo mendigo. Ese vacío, acurrucado en los rincones de mi cuerpo, sueña idilios infinitos. La niebla estruja mi ansiedad cuando espero en el puerto. La sed de mi piel y de mis huesos lee los soñadores nombres que pronuncia el balanceo oxidado de los barcos.

 

tangos/2 “mis flores, mis auroras” (siempre a partir de cuadros de Virginia Patrone)

mis-flores-mis-auroras-ok

Las heredé de El Uruguayo.
El Uruguayo y yo coincidíamos los viernes en el cabaret Tucán. También comíamos juntos algún domingo, a la salida del hipódromo, en el restaurante La Tablita.

Al tipo lo llamábamos El Uruguayo, aunque en realidad había nacido en Gálvez, provincia de Santa Fe, aquí en la República Argentina. Pero se declaraba uruguayo.
¿Pensaría que ser uruguayo le daba más caché?
¿Deudas con la justicia argentina?
¿Por qué mentiría?
Un misterio.
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tangos/ 1. a casa vuelven los calaveras

a-casa-vuelven-los-calveras-ok

Una noche, hace de eso mucho tiempo, estábamos en la mesa de un bar y cometí el error de preguntarle:
-¿Por qué estás conmigo? ¿Por qué estoy contigo? ¿Por qué estamos juntos?
-Porque compartimos el vicio de fumar noches, negras, sin filtro -dijo.
Ella suele cultivar la lentitud y el silencio.
Esa vez, sin embargo, la flor de su respuesta había brotado de inmediato. Como si tuviera bien abonado, y regado, el terreno de la reflexión sobre el asunto.
Aprendí de mi error.
Desde aquel día ya no hago preguntas.
Quiero decir que -desde aquel día-, ya no le pregunto en voz alta.

En los bares, ella siempre pide whisky sin hielo.
Usa, para pedir alcohol, el mismo gesto que usa para llamarme a su lado, cuando cree que me alejo.
Ella sabe que siempre acabo por acercarme en silencio.
Como los garçons de esos boliches que siempre, sin preguntar, le sirven la misma marca de importado.
Lo que ella no sabe es que yo acudo en silencio porque no pierdo la esperanza de abrir, un día, la jaula de su pecho.
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