tangos/ 1. a casa vuelven los calaveras

Una noche, hace de eso mucho tiempo, estábamos en la mesa de un bar y cometí el error de preguntarle:
-¿Por qué estás conmigo? ¿Por qué estoy contigo? ¿Por qué estamos juntos?
-Porque compartimos el vicio de fumar noches, negras, sin filtro -dijo.
Ella suele cultivar la lentitud y el silencio.
Esa vez, sin embargo, la flor de su respuesta había brotado de inmediato. Como si tuviera bien abonado, y regado, el terreno de la reflexión sobre el asunto.
Aprendí de mi error.
Desde aquel día ya no hago preguntas.
Quiero decir que -desde aquel día-, ya no le pregunto en voz alta.
En los bares, ella siempre pide whisky sin hielo.
Usa, para pedir alcohol, el mismo gesto que usa para llamarme a su lado, cuando cree que me alejo.
Ella sabe que siempre acabo por acercarme en silencio.
Como los garçons de esos boliches que siempre, sin preguntar, le sirven la misma marca de importado.
Lo que ella no sabe es que yo acudo en silencio porque no pierdo la esperanza de abrir, un día, la jaula de su pecho.
Recuerdo que una tarde, mientras dormíamos la siesta, soñé que esa puerta se abría.
Me sorprendía al ver que, de la jaula abierta, no salía un pájaro.
No salía un pájaro, ni una persona.
Nada. No salía nada.
Entonces, en el sueño, yo juntaba valor, aprovechaba la puerta abierta y entraba al palacio.
Había un jardín con palmeras.
En el jardín había una fuente.
Y, junto a la fuente, había una niña que era ella. Jugaba con los pies en el agua.
Los peces de colores le hacían cosquillas en los dedos, y la niña reía.
En el sueño, los peces de colores también eran ella.
Me senté a su lado. Me quité los zapatos y metí los pies en el agua fresca.
Ahí me desperté.
Raras veces, sólo muy raras veces, ella y yo nos dejamos invitar al abrazo por algún tango de los años cuarenta. No somos grandes bailarines.
No es fácil bailar el tango cuando se ignora la nostalgia.
Yo diría que somos, apenas, hilos de humo.
Hilos que el bandoneón arrastra entre las mesas.
Hilos que el gato de la música enreda.
Sólo bailamos cuando ya no hay remedio. Porque a mí, la verdad, lo que me gusta es mirarla. Y lo que más me gusta es mirarla cuando está inmóvil, quieta.
La miro con placer, por ejemplo, cuando se pinta las uñas de los pies.
La miro con placer cuando dice que piensa.
De ella, en fin, lo que me gusta es la estatua.
No sé con cuántos amaneceres de pies hinchados hemos golpeado, en estos años, los adoquines desparejos que nos llevan a casa.
No sé cuántos vestidos estampados de flores he visto pasar por sus caderas desde aquella lejana primera noche de milonga.
He perdido la cuenta.
De casi todo lo referido a ella… he perdido la cuenta.
Volvemos siempre de la fiesta en silencio.
Nos sigue, fiel, una corte de sombras borrachas.
Indiferentes, nos ven pasar los callejones del cansancio.
Nos ladran perros de ceniza.
texto de Jorge Zentner a partir de un cuadro de Virginia Patrone