tangos/2 “mis flores, mis auroras” (siempre a partir de cuadros de Virginia Patrone)

Las heredé de El Uruguayo.
El Uruguayo y yo coincidíamos los viernes en el cabaret Tucán. También comíamos juntos algún domingo, a la salida del hipódromo, en el restaurante La Tablita.
Al tipo lo llamábamos El Uruguayo, aunque en realidad había nacido en Gálvez, provincia de Santa Fe, aquí en la República Argentina. Pero se declaraba uruguayo.
¿Pensaría que ser uruguayo le daba más caché?
¿Deudas con la justicia argentina?
¿Por qué mentiría?
Un misterio.
El Uruguayo me debía algunos favores. Datos de las carreras, sobre todo. Y como yo no trabajaba ni pensaba trabajar nunca en su gremio, una noche de ginebra y confidencias en el Tucán saqué el tema de la falsa nacionalidad.
-Miento –dijo- para asegurarme el respeto.
-Perdone, Uruguayo, no le entiendo.
-Fácil. En el ambiente, todo el mundo sabe que he nacido aquí en la Argentina. Todos saben que miento. Lo de que soy uruguayo es una bobada.
-No le sigo.
El Uruguayo suspiró hondo.
Después, impaciente, hizo sonar los cubitos contra el vaso, paladeó un trago de ginebra y me preguntó:
-¿La gente me respeta?
-Sí. Hasta ahí, ningún problema- tuve que admitir.
-¿Los negocios me van bien?
-También.
-¿Entonces? ¿Qué es lo que no entiende?
-Lo de la mentira. Es lo de decir que es uruguayo lo que no acabo de…
-Me respetan, Doctor Carrera, porque miento sin disimulo, sin preocuparme de lo que otros puedan pensar de mí.
-Complicado.
-No. Sencillo. Y también eficaz. Todos me respetarán mientras crean que mis negocios prosperan porque no me importa lo que piensen de mí.
-¿Usted cree?
-Seguro. Se lo digo por experiencia: con alguien que miente así, nadie se mete.
De El Uruguayo, de ese falso uruguayo, de ese santafesino es que las heredé.
Ya lo he dicho, el tipo me debía varios favores: información de confianza para carreras importantes, alguna gestión en la aduana, certificados… Esas cosas.
Una noche me sorprendió:
-Me voy a Europa, Doctor Carrera, te las dejo.
Era la primera vez que me tuteaba.
-Gracias, Uruguayo, pero… usted sabe que lo mío son los caballos. No sabría qué hacer con ellas. Lo ignoro todo sobre un negocio como el suyo. Recuerde que soy un simple intermediario. No dispongo de capital.
-Tonterías. Me das un adelanto de cuatro mil pesos, el resto en cuotas mensuales de quinientos. Doce cuotas. Después son tuyas.
-Cuatro mil… No sé. Además, insisto, no es lo mío. No sabría cómo tratarlas- me resistí.
-Fácil. Son flores. Todo lo que necesitan para brillar es que sepas mirarlas.
-¿Usted cree?
-Claro.
-Cuatro mil…
-En tres meses recuperás el capital. Te lo aseguro.
-Es posible. Le creo. Lo que más me hace dudar es eso de… la mirada. No sé si sabré.
-Tranquilo. Hablo con ellas, y antes de irme te enseño.
Pronto hará un año que se fue El Uruguayo.
Al principio tuve un montón de dificultades.
Tal como está el país, no fue fácil recuperar los cuatro mil pesos.
Ahora, por suerte, el negocio va bien.
Mi mentira es que soy sólo un intermediario, que El Uruguayo va a volver.
texto de Jorge Zentner a partir de un cuadro de Virginia Patrone