“Si pienso ahora en el trabajo que he hecho con Jorge durante todo un año, me vienen a la cabeza mil palabras y sentimientos. Explicarlo no es fácil pero he intentado conectar estas palabras/sentimientos y el resultado es: una experiencia enriquecedora y determinante; toma de consciencia como punto de partida, liberando la pesada carga del pasado, desde el presente y hacia el presente; reconciliación, aceptación y motivación.”

Violeta (taller de auto conocimiento)

 Mis vacaciones del 2007 fueron el punto de partida de una necesidad de cambio; había ido con dos amigos unos días a Formentera, lugar ideal para el relax, pero yo no estaba preparada para tanta tranquilidad. O quizá fue esa tranquilidad la que hizo que me diera cuenta de que algo no iba bien en mi vida. De regreso sentí la necesidad de cambiar: no estaba contenta con el tipo de vida que llevaba; no me sentía feliz; sentía que estaba en una espiral y que me era imposible salir; me sentía sola y sin nadie en quien apoyarme cuando estaba mal.
Llegué a Jorge por un amigo que era paciente suyo: llegué hecha un torbellino de dudas, de inseguridad, de “ruidos”. Con el tiempo y con su ayuda, aprendí que los “ruidos” que yo misma provocaba no eran porque fuera activa, o muy social. Esos ruidos, esa hiperactividad se debía a que no podía estar conmigo misma: si paraba la rueda en la que me había subido hacía casi dos años, me quedaba conmigo misma y eso me aterrorizaba.
Con Jorge descubrí que ese miedo que sentía estaba sólo fundado en no haberme ocupado de conocerme. Yo era la típica amiga que estaba siempre para lo que los demás necesitaran; era la primera en llamar a mis amigos por su  cumple; en hacerles regalos a los que me rodeaban… Todo en busca del reconocimiento de otro, porque yo no era capaz de reconocerme. Dejaba que los demás me valoraran por lo que les daba, y yo aceptaba esa valoración; claro que lo recibido no siempre era tan importante como yo creía que merecía: nadie me daba el afecto en la medida que yo creía merecerlo. Era lógico…nadie me podía valorar si yo misma no me daba valor y no me respetaba…
Después de un año y medio casi y con la ayuda de Jorge pude redescubrirme; pude parar esa rueda en la que estaba metida; pude quedarme a solas conmigo y darme cuenta de que no está nada mal. Ahora disfruto de tiempos de tranquilidad conmigo. Si me quedo sola, porque no salen actividades con amigos, no me agobio; por el contrario, disfruto…aunque ahora (vaya paradoja) que no busco actividades salen solas: los amigos me llaman para hace planes, y acepto si realmente tengo ganas, si realmente el plan me gusta. Ya no hago cosas para contentar a los demás, ahora me contento a mí misma…
Después de llorar mucho y de doler muchas cosas que tenía guardadas, pude salir renovada, tranquila (durante muchos años no supe lo que era esto), segura, reafirmada, feliz…El cambio no está en los demás para con nosotros: el cambio está en nosotros, sólo hace falta saber buscar el camino. Gracias, Jorge, porque fuiste el pasaje a ese cambio.

Gisela (taller de auto conocimiento)

“Jorge no te enseñará a escribir, para eso ya están los talleres literarios al uso; quizá sí que acabes siendo escritor. Pero seguro que aprenderás un poco sobre ti mismo, y es precisamente ahí dentro, en ese rinconcito oscuro y olvidado donde no acostumbramos a mirar, donde encontrarás la materia prima con la que se forjan las narraciones. Entonces te darás cuenta de que no has aprendido un oficio, como podías haber considerado al principio, sino que has aprendido a narrar y a disfrutar narrando.”

Alex (taller de escritura)

“Fui al taller de Jorge Zentner porque me gusta la literatura, me gustan las palabras. A veces, me cuesta separar la vida vivida de la narración de la vida. Y me gusta esa confusión. Sé que quien vive y quien narra son dos personas diferentes. A veces pienso que me gusta más escribir que hablar. Ahora me doy cuenta de que no tenía ni idea de a dónde iba. El taller es, para mí, una experiencia muy próxima a lo que creo que es la sinceridad, el sentido. Es una reunión de personas dispuestas a aceptar propuestas de contacto sincero consigo mismas. Y dispuestas a plasmarlas en palabras, a leerlas a los demás; a escuchar lo que los otros han experimentado y plasmado en palabras. Y lo que surge suele ser muy rico, muy pleno y verdadero. Y, muchas veces, y precisamente por ello, muy hermoso. Es una experiencia muy enriquecedora para quien desee contactar sin defensas ni barreras, consigo mismo. Para quien desee hallar sentido.” 


Cristina (taller de escritura)

Llegué al taller la atención de grupo como acompañante, para ofrecérselo a alguien que estaba perdido y desorientado. Y desde mi seguridad de quien no necesita ninguna ayuda probé a hablar y salieron cosas, como por ejemplo una misteriosa sensación de división a la altura del ombligo.  “Puedo estar como quiera”, me dije, “no importa, no necesito cambiar nada, soy la protagonista de mi vida y se perfectamente a donde me dirijo”.

Y la vida me escuchó, y transcurrió, y cerró un círculo perfecto.

El círculo se convirtió en disco de metal y el disco de metal en martillo que golpeó mi espalda, curiosamente, a la altura del ombligo. Golpeó hasta romper mis certezas, hasta dejarme dolorida, inmóvil, dependiente, vulnerable y desamparada.

A partir de aquí el trabajo en el taller individual la atención fue una flor de mil hojas que fuimos deshojando durante meses y a partir del cual, de forma muy agradable a veces y más dura otras, encontré grandes tesoros: aprendí a ser vulnerable, insignificante, un actor secundario sin futuro para, a partir de ahí, encontrar mi fortaleza e importancia justas, sin escaparates, fluyendo desde el presente.

A partir de la observación tranquila del interior y del exterior conecté con la tranquilidad en el corazón, con el valor del silencio, con lo ilimitado que podemos llegar a ser.

Y tras el trabajo, los resultados: me llené de herramientas de esas que no pesan, de las que permiten aprender de los logros y de los tropiezos, de las que mecen al dejarte llevar por el río de la vida, de las que te conectan con la sonrisa tranquila.

¿Y que más puedo contar del taller la atención?

Que, a partir del trabajo realizado, siendo la misma soy otra.

Que, después de años corriendo por bellos parajes hacia mejores horizontes, veo que hay flores al borde del camino.

Que son preciosas y huelen bien.

Que las disfruto ahora.

 Ana (taller de auto conocimiento)

Copio el mail que le he escrito hace poco a mi mejor amigo:

“Estoy en una fase de auto conocimiento…  Es curioso explicarte el cómo llegué a dar con ese concepto; lo había leído y escuchado mucho, pero nunca lo había entendido ni mucho menos intentado poner en práctica. Me pasé muchos años apuntando con el dedo hacia delante, victimizándome, justificándome; y un día iba por la calle y de repente un papelito colgado en un poste del barrio donde vivía llamó mi atención. Decía: “Taller la atención”, y un teléfono de contacto. Por cosas del destino, guardé ese papelito en mi bolso, luego viajó del bolso a mi mesita de noche, luego al cajón y luego, casi un año más tarde, a una caja. Completamente archivado. Tiempo después, haciendo una limpieza, volví a dar con él. Por cierto, casi no se leía el teléfono. En ese momento me sentía muy inquieta y decidí llamar. Al escuchar una voz muy armónica, supe que era el momento y la persona.   Nos vimos en su estudio, se llama Jorge. Me dijo que todavía existían esos talleres y que eran a través de la escritura. Entonces le pregunté porqué se llamaba “la atención” Dijo: porque en este taller aprenderíamos, en grupo, a poner atención en nosotros mismos, sin juzgarnos, sin criticarnos; aprenderíamos una manera distinta de  observarnos, para llegar al auto conocimiento. Y ahí empezó todo. Hace de eso unos cuatro años. Primero era un grupo y luego individual, una vez por semana. Luego lo hicimos cada quince días. Luego una vez al mes, y luego nada… Ahora estoy por mi propio pie, como cuando llegué, pero ahora con más responsabilidad sobre mí misma.  Primero que todo sobre mis actos. En fin, ha sido un proceso muy intenso, muy introspectivo, y al mismo tiempo muy de “soltar” la imagen que tenía de mí misma. He aprendido a “no hacer nada”, a no situarme en el lugar de perdonar, sino en el de simplemente aceptar. Hablar de esto ahora me sensibiliza mucho, porque me hace recordar, tomar consciencia  de que en suma todo se trata de fluir con las cosas, con la vida… sin más. Y este “sin más” es lo que todavía trato de trabajar… Ahí cabe todo: mi pareja, mi trabajo, mis amigos; y sobre todo “sin más” respecto a mí misma. Ahí viene lo divertido para los que amamos la vida taaaan intensamente… Es como aprender a caminar de nuevo, de otra manera más efectiva, menos dolorosa, más responsable. Desaprender cuesta horrores… pero es la única vía. Así que más o menos este es mi andar en estos momentos… Normalmente bonito, otras veces es duro y otras veces muy desconcertante. Pero no va a terminar. Una vez me he comprometido conmigo misma ya no hay vuelta de hoja. ¡Ahí voy!

Alejandra (taller de auto conocimiento)

“Hace mucho tiempo que hice el taller de la atención con Jorge, ¿cuatro años? Sin embargo, no solo no lo he olvidado, sino que raro es el día que no lo recuerdo.
Normalmente, cuando inicias una actividad lo haces buscando cubrir unas objetivos prácticos, raras son las ocasiones en las que te encuentras un auténtico regalo que va ganando valor con el paso del tiempo.
Lo que me atrajo del taller de Jorge fue el hecho de utilizar la escritura como método de autoconocimiento y también, la otra vertiente, despertar el proceso creativo capaz de generar un texto literario; vamos, encontrar pautas para escapar del pánico a la hoja en blanco. Buscaba herramientas que me permitieran “escribir mejor”, pero descubrí que era mucho más interesante “tener algo que decir”.
Por otro lado, yo fui al taller de Jorge partiendo de la base de que ya me conocía a mí misma, aunque resulta que apenas me tomaba tiempo para observarme. Casi siempre iba tan deprisa, corriendo a todas partes, con tanto ruido alrededor, que tomarme unos minutos al día para pararme y escuchar, ni me lo planteaba si quiera. Sin embargo, cuando lo hice, cuando lo hago, me doy cuenta de la importancia del presente, de vivir el ahora.  Ni el pasado, ni el futuro.  Tomar consciencia de eso ha sido un gran alivio para mí.
Los ejercicios que se plantearon en el taller, los comentarios, las reflexiones, la observación de mi propio yo, desencadenaron un cambio bastante grande en mi manera de pensar. Hoy por hoy sigo en el camino del autoconocimiento, de la observación y de la escritura, pero lo que encontré entonces  me sirve todavía hoy.”

Helena (taller de escritura y auto conocimiento)

“Creo que fueron unas casualidades de aquellas que te llevan a encontrarte sin saberlo con lo que el cuerpo te pide. Como de adolescente, había empezado a escribir desesperadamente las angustias y el sentimiento constante de globo deshinchado, pero aparentemente todo iba bastante bien en mi vida. Recuerdo el sentimiento de indefensión, vacío inexplicable… Fue como un regalo el poder tener la oportunidad de expresarme en el taller de auto conocimiento.

Existe un antes y un después de la experiencia vivida con Jorge. Nunca me dijo lo que tenía que hacer o dejar de hacer, sino que me ayudó a encontrar, a observar y a reconocer. Aún sigo en este trabajo día a día, e intento que sea de una manera auténtica, que no quiere decir maravillosa; de hecho, algunos duelos he pasado -durante y después del trabajo con Jorge- a nivel de relaciones de pareja, amigos y familia. Pero hay alguna cosa en mí que le da más sentido a la vida, más valor; no me es fácil explicarlo.

Podría seguir escribiendo, pero siento que hay una parte de sensaciones que sólo experimentándolas y sintiéndolas se pueden comunicar y, tal vez, queden lejos de las palabras…”  

Lluïsa  (taller de auto conocimiento)

Acababa de llegar de África, diez años saltando de guerra en guerra, recién llegada a  España intentando encontrar la paz.  Jorge me preguntó: “¿Por qué me has llamado por teléfono? “Porque estoy harta”, le contesté. “¿Y para qué me has  llamado?”  “Para dejar de estar así, supongo”. Y es que yo misma no sabía ni siquiera lo que me pasaba; simplemente, no me sentía feliz, a pesar de que no existía una razón aparente para que no lo estuviera, y eso me preocupaba. ¡Yo quería sentirme bien y disfrutar de todo sin trabas¡ Yo quería… disfrutar visitando a mis padres, sin estar continuamente regañando con mi padre; disfrutar de la buena cocina, en lugar de zamparme la comida sin saborearla; dejar de disgustarme exageradamente cuando mi jefe no estaba de acuerdo conmigo; decir “no” a mi pareja cuando necesitaba descansar…..

Me horrorizan los psicólogos y los psiquiatras; tengo de ellos (y me disculpo de antemano por esta imagen falsa mía de los colegas) la idea de alguien que te está observando continuamente para señalar con rapidez lo que no funciona en tu cabeza. Mi cabeza funcionaba muy bien, por lo tanto no necesitaba un psicólogo; pero ¿qué hacer entonces? Porque estaba claro para mí que algo tenía que hacer: los años en África me habían enseñado que la vida viene y se va muy fácilmente; y yo quería vivirla en plenitud, hasta donde diera de sí; no quería perderla en enfados inútiles, emociones que me arrastraban arriba y abajo desacreditándome en mi titulo de “directora de mi propia existencia”.

Vi el anuncio del taller la atención, y mi atención se fijó en él. Busqué Jorge Zentner en Internet y la foto me gustó; Jorge parecía buena gente, me dio confianza, no parecía un “gurú iluminado” de esos a los que estamos acostumbrados a ver últimamente en los medios de comunicación. Leí lo que eran los talleres y sentí “un calentamiento en el corazón”. Creo que esto me va a funcionar, pensé; hice caso de mi intuición, y es que seguir las intuiciones, que son el lenguaje del alma, también lo aprendí en África. Y efectivamente encontré lo que necesitaba: un espacio de silencio y de pausa en mi vida una vez a la semana; un lugar donde ser yo misma y expresar con libertad las emociones que sentía, sin acallarlas por falta de tiempo; una persona que me acogiera en lo que yo era realmente, sin juzgarme.

¿Qué hacíamos en cada encuentro? No sé muy bien qué decir: a veces yo hablaba, otras veces era él quien hablaba; muchas veces me callaba, o lloraba, o simplemente respiraba… Al principio no entendía mucho lo que Jorge me decía, ni los ejercicios que me pedía que hiciera; pero el corazón seguía allí animándome a continuar, y eso fue lo que hice seguir hasta que me fui de Barcelona por motivos de trabajo. Hoy, cinco años más tarde, entiendo mucho mejor todo lo que con Jorge viví, y hoy sigo buscando espacios, tiempos y personas que me ayudan a crecer, a vivir mejor. Y es que en África aprendí que mirando dentro de nosotros encontramos todo lo que necesitamos saber para ser más felices; Jorge me ayudó a experimentarlo. Gracias por ello, compañero, y ojalá se le caliente a mucha gente el corazón al leer tu web, y se animen a probar por si acaso les funciona.

Feli  (taller de auto conocimiento)

Desde niña utilicé la escritura como vía de escape a mis emociones. Si estaba feliz, entusiasmada con algo, escribía. Si me sentía triste, escribía. Si me sentía angustiada, escribía. Si estaba enojada, escribía. Y luego me sentía mejor. Era mi forma de contactar conmigo misma, de ponerme en paz con mi yo. Un buen día dejé de escribir y ya no supe sacar de ninguna otra manera mi entusiasmo, ni mi tristeza, ni mi angustia, ni mi ira. Empecé a acumularlos todos, incapaz de dejarlos salir, y empecé a ser poco a poco prisionera de mis propias emociones. Sin reconocerlo, por supuesto. Yo sólo pensaba, actuaba, “hacía”.  Fuera todo iba bien: yo seguía cumpliendo mi papel en casa, en el trabajo, en mi entorno. Mi angustia crecía y yo la acallaba con una rueda de actividad incesante, agotadora que sólo generaba más y más angustia. Sabía todo ese tiempo que algo iba mal. Pequeñas escapadas a la montaña, sola, refugiada en bosques y monte, me devolvían un poco de aliento. Pero me faltaba algo. Y era incapaz de escribir. Sabía que era mi forma de salir de la espiral, pero siempre encontraba excusas para posponerlo. Meses y meses. Empecé a no dormir. Mi cuerpo pedía a gritos un respiro. Un día supe que no podía más y pedí ayuda. Dos buenas amigas me llevaron hasta Jorge, hasta el taller.  De mi primera sesión sólo me recuerdo llorando y diciéndole que quería dejar de pensar y volver a sentir. A partir de ahí empezó un largo trabajo de más de un año que no hubiera sido capaz de llevar a cabo sin un guía. Ese fue el papel de Jorge en el taller. Fue mi guía para reexperimentar, para prestar de nuevo atención a cosas olvidadas, volver a contactar con Silvia; para volver a prestar atención e interpretar lo que mi cuerpo, mi historia e incluso mis sueños me decían de mí. A través de ejercicios, de largas charlas, de trabajos de escritura semanales que al inicio me costaron pero poco a poco me devolvieron mi viejo hábito de encontrarme a través del papel. Volví a vivirme a través del color, de la pintura, de la danza. Y redescubrí a la Silvia escondida bajo la angustia de vivir. El trabajo con Jorge me reconcilió con mi capacidad de amar, de dejarme amar, de vivir la vida, de vivirla siendo yo. Hoy, muchos meses después de haber dejado esas sesiones, sigo escribiendo y sigo trabajando para no volver a perderme. Gracias, Jorge.


Sílvia (taller de auto conocimiento)